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Fraternidad Hermanos de la Paz

Conozcamos los lugares franciscanos

El monte Alverna:

Los acontecimientos del monte Alverna son muy ricos en sugerencias para nuestra reflexión y actualización. Aquí solamente proponemos algunas, a manera de punto de partida.

<< Francisco y sus compañeros se hacen presentes en la fiesta del castillo de San León de Montefeltro. Es una fiesta profana, pero esto no impide que Francisco esté allí, que participe de los acontecimientos ordinarios de la vida del pueblo.

Él no concibe la vida religiosa como una separación timorata del mundo, sino como una presencia viva y evangelizadora en medio del mundo. Por ello, cuando participa de la fiesta, él no deja de ser el hermano Francisco.

Quizás esto nos puede servir para reubicar nuestro sentido de la vida franciscana, para revalorar las realidades de la vida ordinaria de la gente y para fortalecer nuestro sentido de coherencia, independientemente del lugar en que nos encontremos.

La selección que hacía Francisco de ciertos lugares tan abruptos y rudos como los presentaba, y aún presenta, el monte Alverna para hacer su oración nos puede dejar un poco desconcertados, especialmente cuando verificamos nuestra incapacidad para hacer cosas semejantes. Pensamos que son actitudes para admirar pero no para imitar.

No obstante, de alguna manera nos interpelan, en cuanto nos indican que hay una serie de aspectos y características de la oración quizá desconocidos por nosotros, pero que de alguna manera, así sea en forma reducida o adaptada, deben ser cultivados por nosotros como un valor.

Aparte de las consideraciones de tipo psicológico o de cualquier otro tipo que se puedan hacer acerca de los estigmas de san Francisco, vale la pena tener en cuenta aquí, sobre todo, su dimensión teológica. Los estigmas no fueron en Francisco un fenómeno improvisado ni aislado del resto de su vida.

Haciendo eco a la consideración de Tomás de Celano (cf. 2 Cel 11), se podría decir que las llagas del Crucificado comenzaron a gestarse en el cuerpo de Francisco desde su encuentro con el Crucifijo de san Damián; más aún, desde cuando comenzó a descubrir a Jesucristo en los pobres y en los leprosos.

Jesucristo no fue para Francisco una teoría. Fue una persona concreta que cada día tomaba posesión de él. «Su vivir era Cristo». Jesús estaba en sus labios, en su mente, en su corazón… (cf. LM 9,2). Lo que ocurrió en el monte Alverna no fue otra cosa que la floración, en cinco flores rojas, de una larga y amorosa gestación.

Entre Francisco y nosotros hay, sin duda, una gran diferencia. Nuestra capacidad de respuesta quizá nunca llegará a ser semejante a la suya. Sin embargo, la llamada que hemos recibido es la misma. La urgencia de Jesús crucificado, del siervo que padece, es un imperativo para nosotros. De alguna forma debemos ofrecer hoy una respuesta. ¿Cómo la estamos dando? >>

Fernando Uribe, O.F.M., El Monte Alverna y lugares cercanos, en Idem, Por los caminos de Francisco de Asís. Notas para el itinerario por los lugares franciscanos. Oñate (Guipúzcoa), Ed. Franciscana Aránzazu, 1990, pp. 177-194.

http://www.franciscanos.org/santuarios/uribe.htm